Hijos de la cárcel


Muchos de los hijos de las presas pasan toda su crianza en casas hogares

Hijos de la cárcel

Cuando una madre está en un retén, sus hijos son ubicados en albergues o casas hogares que se encargan de su sano crecimiento. Los expertos opinan que muchos de estos niños presentan síntomas como agresividad, retraimiento y dispersión, características de la depresión infantil

Por: Eudomar Chacón

@eudomarchacon

Es viernes. El reloj da las tres de la tarde y Aminata, quien es hija de africanos, está sentada en la sala de la casa hogar en la que vive. Llegó allí a los tres años, cuando fue apartada de su madre, quien la dio a luz en prisión. Vive en ese lugar con sus dos hermanos, Idrissa y Ramatulai, junto con otros quince niños. En su tono de voz se refleja cierta desconfianza: “Tengo cinco años”, dice mientras mira con recelo.

En este lugar se ha buscado que en la medida de lo posible Aminata y los demás niños tengan una vida normal, como la de cualquier infante. Sin embargo, a ellos les falta un ingrediente importante en su formación: el cuidado y abrigo de sus madres.

“Cuando una mujer es encarcelada y es madre, se activan una serie de procesos para ubicar al niño en un lugar donde se garantice su seguridad”, afirma Luis Silva, ex director dela Colmenade la Vida. Él explica que luego de que el caso pasa por un tribunal y por el Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente, el infante es ubicado en un albergue mientras se buscan los recursos para reinsertarlo en su familia. “Muchas veces ese proceso puede durar días, meses, años, o nunca concretarse”.

Silva agrega que cuando el niño nace en prisión, la madre puede quedarse con él en el penal durante los primeros dos o tres años y después es trasladado a las instituciones de cuidado. “Ahí se activa un equipo multidisciplinario, donde se atienden todos los aspectos jurídicos, sociales, físicos, emocionales y educativos del niño”, afirma.

Con las casas hogares se da cumplimiento al Capítulo III de la Ley Orgánica de Protección al Niño, Niña y Adolescente (L.O.P.N.N.A.), donde se establecen las medidas de protección de los niños, las cuales se realizan para preservar o restituir el bienestar de ellos, en casos en los que se produce un perjuicio en su formación.

El comportamiento de los niños

El psicólogo clínico Maharshi Dona, quien trabajó durante seis años en la Fundación Amigos del Niño que Amerita Protección (F.U.N.D.A.N.A.), explica que la ausencia de la figura materna y el nuevo estilo de vida dentro de los albergues, conlleva a la depresión del niño, que se manifiesta de maneras distintas a las de un adulto. “Se ponen irritables, agresivos, pueden tener síntomas de encopresis (incapacidad para controlar el esfínter anal) o de enuresis (pérdida del control del esfínter vesical), estar aislados, comienzan a sufrir déficit atencional, y empiezan a tener dificultades en la comunicación con los demás”, agrega.

Un estudio realizado en Ginebra por la Comisión de las Naciones Unidas para la prevención del Delito y la Justicia Penal lo secunda: “Los niños experimentan una gama de problemas psicosociales durante el encarcelamiento de su progenitora, entre ellos la depresión, hiperactividad, comportamiento agresivo, retraimiento, regresión, comportamiento dependiente, problemas para dormir, problemas de alimentación, de delincuencia, se escapan, son irresponsables, tienen bajas calificaciones”.

El estudio también afirma que el impacto varía dependiendo de la edad del niño, de la respuesta de la familia y la comunidad, del ambiente que lo rodea y de su carácter individual.

El ex director dela Colmena de la Vida, Luis Silva, le atribuye ese comportamiento al hecho de llegar a un nuevo lugar: “Toda persona, sobre todo un niño, cuando llega a una institución siente un choque, pues se irrumpe su realidad. Entra a vivir en una especie de régimen, donde todo está normado, donde no existe esa libertad que el niño sentía antes. Por ello, se pueden esperar momentos de agresividad”.

Para el Psicólogo Dona, el grado de afectación del niño depende, en muchos casos, del motivo por el cual se encuentra la madre presa. “Yo tuve el caso de una niña que vio cómo su madre mató a su papá. Para ella, el trauma mayor no era el abandono de su mamá, sino la visión de esa escena”. Dona afirma que los niños muestran su mundo interno mediante los juegos. “Esta niña jugaba con una cocinita y le hacía comentarios a sus compañeras como ‘bueno, si tu papá no llega lo voy a matar”.

Continúan los albergues

“Idrissa se va para otro lugar”, comenta Aminata mientras señala a su hermana mayor, quien ya tiene doce años y cumplió con la edad máxima para poder estar en esa casa hogar. La Hermana Fabiola, directora de la institución, afirma que luego de cumplir esa edad, los niños son trasladados a otro albergue que se encarga de estar con ellos durante la adolescencia, hasta cumplir la edad necesaria para enfrentarse solos a la sociedad.

Además, asegura que el hecho de llegar a ser trasladados a un nuevo lugar, con otros compañeros (que ya no son tan niños), con nuevas personas que estarán a su cuidado, representa un nuevo choque para los niños. “Casi siempre les cuesta desprenderse de la institución, porque aquí se les brinda una atención muy buena, pero nosotros les hacemos saber que irán a un lugar donde continuarán con su cuidado”, añade la directora.

Luis Silva, de acuerdo a su experiencia en la Colmena de la Vida, dice que esa edad “necesaria” varía según el caso. “Ahí trabajé con chamos que tenían diecinueve años y aún no estaban preparados para vivir solos.  Les buscábamos una pensión, primero que nada. Si estaban estudiando, esperábamos a que se graduaran, les garantizábamos un hogar y un empleo”, afirma.

La Hermana Fabiola explica que de su institución han salido personas becadas para estudiar en Universidades como la Monteávila o la Metropolitana.“Hace poco se graduó una muchacha de Derecho con honores en la Monteávila y nadie nunca supo que estaba becada porque iba de una casa hogar”. Casos como ese, le confirman a la directora que el trabajo que se está sembrando está dando buenos frutos.

Los actos delictivos

Según la investigación realizada por la Comisión de las Naciones Unidas para la prevención del Delito y la Justicia Penal, la mayoría de estos niños están más propensos a cometer actos delictivos en su vida adulta. “Hay datos que sugieren que los hijos e hijas de madres encarceladas, y en particular aquellos que son puestos en instituciones gubernamentales durante el encarcelamiento de la madre, tienen un riesgo significativamente mayor que otros niños de desarrollar un comportamiento delictivo en su vida adulta”.

El psicólogo Maharshi Dona secunda esta afirmación, y asegura que los niños que vieron a sus madres irrumpiendo la ley, corren un mayor riesgo de copiar los patrones de conducta de sus progenitoras y manifestarlos al salir de la institución.

Dona comenta que a pesar del esfuerzo que hacen estas instituciones por hacer la vida de estos niños lo más cercana a la “normalidad”, resulta difícil de lograr en todos los aspectos. “No es normal, por ejemplo, que hayan siete, ocho o nueve niños en una habitación y una sola persona sea la encargada de ellos; o que a la hora del almuerzo se dirijan a un comedor grandísimo, donde compartirán con otros dieciocho o veinte compañeritos, cuando esas no son las condiciones de un hogar común. Aunque parezca poco relevante, este tipo de detalles influyen en la formación del niño.

Para Luis Silva, el niño hasta los siete años es una persona que absorbe y que se condiciona mediante lo que ve y lo que vive, y se debe tener cuidado en el manejo de la información que es suministrada hacia él, especialmente si vio a su madre cometiendo algún delito.

Además informa que al salir de esos albergues o casas hogares, muchos viven un tiempo de prueba: “Es un momento en el que hay una línea muy delgada que los separa de hacer lo mismo que sus madres o de llevar una vida normal. Conozco el caso de niños que incluso llegan a ayudar a sus mamás y también conozco otros en los que el programa fracasa”.

Por el contrario, la Hermana Fabiola opina que casi todos los niños que han salido de su casa hogar son hoy día personas con una buena cantidad de valores para afrontar la realidad. “Que hay algunos que se fueron por mal camino, es cierto; pero casi todos tienen una vida normal”, dice. La Hermana concluye afirmando que el comportamiento de ellos al salir va a depender del albergue donde se críen.

Fines de semana familiares

Aunque estos niños viven en este tipo de lugares por la situación de sus madres, la ley permite a sus familiares pasar el fin de semana con ellos, con la intención de ir reinsertando al niño a su hogar. En el caso de madres que están pagando su condena a través de la libertad condicional, estas tienen la oportunidad de visitar a sus hijos.

A Aminata le cambia la expresión de su rostro cuando ve a su padre entrando por la puerta principal de la Casa Hogar. No dice nada, pero no es necesario, pues la sonrisa de oreja a oreja lo explica todo. Ella sabe la razón por la cual él está ahí. “El tribunal no me permite aún vivir con ellos, dado que salí hace poco de prisión y mi esposa todavía es interna, pero dejan que compartamos los fines de semana”, asegura su padre.

Aminata, Idrissa y Ramatulai recogen sus pertenencias y se disponen a salir del albergue. “Bendición, hermana”, dicen los pequeños. “Dios los bendiga, hijos”, les responde la directora de la institución. “Nos vemos el lunes a las diez, recuerden hacer sus tareas”.

Nota: se cambiaron los nombres de los niños para proteger su identidad.

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